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Opinión de: Moisés Molina


La X en la Frente - El profeta de la idea fácil

Junio 25
07:09 2018
Moisés Molina
Moisés Molina
Los debates sí mueven la intención del voto. Quizás por sí solos no lo hacen de manera determinante, pero combinados con otros factores sÍ.
 
Tan es cierto que las preferencias se siguen moviendo.
 
De los tres, me quedo con el último debate. 
 
Para ejercer el gobierno y la administración (que son dos cosas diferentes) de una república son necesarios dos presupuestos: capacidad y calidad moral.
 
El debate lo dejó claro.
 
Su formato y mecánica dejó a los cuatro candidatos al descubierto. Los mostró ante el electorado tal como son. 
 
Fue la aproximación más fiel al personaje, al hombre de carne y hueso que aspira a gobernarnos; a tomar decisiones en nuestro nombre y representación.
 
Serán decisiones muy delicadas, que conllevan una gran responsabilidad porque conforme avanzan los lustros, los retos de México se van haciendo más grandes. 
 
En un entorno global cada vez más complejo y competitivo y con una vecindad tan incómoda con los Estados Unidos, con todos nuestros problemas y nuestras carencias  y con el humor social bastante crispado tenemos que decidir entre pasado o futuro. 
 
Si caemos, consciente o inconscientemente, en las redes de la promesa redentora estaríamos firmando un cheque en blanco que le será cobrado a las próximas generaciones.
 
No sé si la sensación de hartazgo sea razón bastante para un voto de castigo que en realidad no será para el gobierno saliente ni para el PRI, sino para el futuro inmediato del país.
 
Peña ya se va a su casa y Meade es el único candidato en la historia del PRI que no ha emanado de sus filas. Pareciera que la más reciente reforma a sus documentos básicos estaba calculada al permitir la postulación de ciudadanos sin militancia a cargos de elección popular.
 
Hoy no hay duda de que MORENA es el nuevo PRI y de que la nomenklatura de dicho partido tiene todo para convertirse en la nueva mafia del poder.
 
No es mi papel decirte por quién votar. Pero yo no me daré el lujo de dar un salto al vacío.
 
“The Economist” recién retrató a López Obrador:
 
“Es de temer su populismo nacionalista… sus ideas simplistas… tiene poca idea de cómo funciona una economía o una democracia moderna… AMLO es un experimento riesgoso. Los líderes carismáticos que se montan sobre los resentimientos contra el poder son casi siempre falsos profetas, quienes prometen seguridad y prosperidad, incluso cuando erosionan sus instituciones. El peligro que representan a las nuevas democracias es mayor al que representan en países donde la democracia está más profundamente arraigada”.
 
Ya lo padecimos en Oaxaca y no me queda duda de que 2018-2024 podría ser una reedición a escala de lo que fue –proporciones aparte- el gobierno de Gabino Cué en Oaxaca.
 
Y es que el único proyecto que yo veo nítido de AMLO para México es el cambio de la élite política; un cambio de personajes, de nombres. La asunción de emisarios del pasado, casi todos ex priistas de viejo cuño, encarnaciones de los peores tiempos del PRI-GOBIERNO. 
 
Ahí tiene a Manuel Barttlet (ex secretario de gobernación y señalado como el responsable de la “caída del sistema” en la elección donde Carlos Salinas de Gortari le ganó a Cuauhtémoc Cárdenas), Esteban Moctezuma Barragán (también ex secretario de Gobernación y Secretario de Desarrollo Social durante el gobierno de Zedillo), Elba Esther Gordillo, Mario Marín Torres (ex gobernador poblano), por solo citar algunos.
 
Hoy Layda Sansores epónimo del obradorismo nos regala a los mexicanos una buena lección de lo que se es capaz cuando se tiene poder y fuero.
 
Tan solo en 2016 y 2017 facturó con cargo al Senado de la República 700 mil pesos por concepto de artículos personales como tinte rojo, desodorantes, pastas de dientes, despensa, bacalao noruego, jamón serrano, maquillaje, joyería, bolsos y varias curiosidades más, incluyendo un traje con el rostro de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa y cuatro conchas sin azúcar. 
 
Son como lo exhibió Denisse Maerker en su noticiero, más de 4 mil facturas, reitero, correspondientes solamente a dos años de ejercicio como Senadora de la República.
 
¿Y los que faltan? A mí también se me revolvió el estómago.
 
Mientras tú tienes que multiplicar cada peso de tu salario para pagar la despensa, la luz, el agua, el teléfono, la gasolina, el gas, la colegiatura, los útiles escolares, transporte público y las más elementales necesidades de la vida cotidiana, sin contar los ahorros que siempre se deben tener para el caso de una emergencia, esta Senadora que hoy quiere brincar a la Alcaldía de Álvaro Obregón en la Ciudad de México no gasta un solo peso de su salario. 
 
Cada peso de los 223 mil que gana por concepto de dieta se va a sus ahorros. 
 
No quiero imaginar la manutención de la mansión de casi 30 millones de pesos que posee en la zona exclusiva del Pedregal.
Quienes acusan guerra sucia tienen razón. Es una guerra de una servidora pública contra los contribuyentes y contra toda noción de ética política. 
 
El Senado es, probablemente, la más republicana de nuestras instituciones. Lo que esta señora de florido léxico hizo es totalmente contrario a lo que la Cámara Alta representa. 
 
No hay decoro, no hay rubor, no hay dimensión; no se diga congruencia.
 
Bejarano, Napoleón Gómez Urrutia, Sansores, Nestora, Noroña, Yeidckol son algunos de los nombres que con o sin AMLO en la presidencia seguirán empoderados. 
 

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