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Opinión de: Mario Sors


Alejandro Áviles, reescribiendo la frase: ponerse de pechito

Abril 15
02:04 2017

Una canción muy conocida del fallecido Chico Che, pregunta de manera picaresca "¿Qué culpa tiene la estaca sí llega el sapo y se ensarta?" Pues lo mismo podríamos decir que le sucedió al ex secretario general de Gobierno, Alejandro Áviles Álvarez.

Unas horas antes que se filtrará a los medios de comunicación el vuelo en helicóptero oficial de su hijo mayor hacia las playas de Puerto Escondido, ya circulaba una lista de supuestos pagos confidenciales sobre diferentes rubros, que superaban mensualmente el millón de pesos.

Pese a ese escándalo, Áviles Álvarez no tuvo ningún problema moral para girar instrucciones para que uno de los helicópteros oficiales fuera puesto al servicio de su hijo para que el "niño" disfrutara de sus vacaciones.

La conducta del hasta entonces servidor público, revela el grado de insensibilidad y cinismo que había desarrollado, desde aquel memorable auto robo de la nómina de la Secretaría de Administración cuando era director de Recursos Materiales, su paso por la dirigencia estatal del PRI repleta de denuncias formales de venta de candidaturas, manejos oscuros en las finanzas del Congreso local cuando fue presidente de la Junta de Coordinación Política, hasta la aparición de la lista discrecional de pagos en la Secretaría General de Gobierno. Todo eso le pareció a Áviles Álvarez una insignificancia comparado con utilizar un helicóptero oficial para fines personales.

Es claro que el uso del dinero de los demás, es decir, recursos públicos para beneficio particular, fue un talento que el ex funcionario cultivó con dedicación y mucha disciplina pero su origen político parece que definió su suerte.

Identificado como un operador político forjado a la sombra de Ulises Ruiz Ortiz, su primer cargo político fue precisamente con dicho ex gobernador, acérrimo rival de José Murat y aunque Alejandro Áviles se sumó a la campaña de Alejandro Murat jamás perteneció al grupo muratista.

Su inclusión al gabinete actual, más pareció un pago a una cuota política, a una factura pactada para sumar, evitar una fractura interna en el PRI y obtener el triunfo electoral. Sin embargo, la permanencia en el puesto es algo distinto y de eso, al parecer, no estaba consciente Alejandro Áviles.

El ex presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt sentenció que en política no hay casualidades, y esas nubes de tormenta jamás las vio venir Áviles que fue víctima de su propia costumbre a salir impune de cualquier acusación. Alguien dentro de la estructura gubernamental, muy seguramente, conocía de la forma de actuar del ex titular de la Segego y solamente espero el momento para hacer las filtraciones que conocimos en los últimos días y que orillaron al funcionario a presentar su renuncia.

Por otra parte, la facilidad con que el coordinador del hangar del gobierno estatal, José Álvarez Romo de Vivar, facilitó el helicóptero revela también que esa era una práctica habitual, no sólo para Alejandro Áviles, sino también durante la administración de Gabino Cué. Al parecer, la discrecionalidad ha sido el común denominador en el uso de aeronaves oficiales.

Por el momento, dos puestos claves: secretario General de Gobierno; y la coordinación de Transportes Aéreos, ésta última con un funcionario proveniente de la administración gabinista, han quedado vacantes, mientras que el futuro político de Alejandro Áviles es incierto, lo cierto es que no puede culpar a nadie de este tropiezo más que a sí mismo, proporcionando al colectivo una muestra del significado de la frase coloquial “ponerse de pechito”.

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