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Martín Lutero: la libertad de conciencia y la libertad de expresión

Noviembre 01
19:42 2017
En 1521 el monje agustino, Martín Lutero, contemporáneo de inventores, pensadores , filósofos y artistas de la talla de Leonardo Da Vinci, Nicolás Maquiavelo, Miguel Ángel, Juan Gutenbertg y Erasmo de Roterdam, luchó como pocos por dos de las libertades pilares de la existencia humana: la de conciencia y la de expresión.
 
Su lucha sirve siempre de referente porque enfrentó poderes fácticos que a toda costa trataron de callar su voz disidente, silenciar su protestas por los excesos de los poderosos y enmudecer una de las mentes más brillantes que ha dado la humanidad en tiempos de gran oscuridad.
 
En la famosa Dieta de Worms, que junto con los juicios de Niuremberg, constituye uno de los procesos legales más representativos en la historia de la humanidad por lo que se debatió y se resolvió en ellos, el llamado padre de la Reforma protestante que literalmente puso fin a la edad media y abrió de par en par las puertas del renacimiento defendió el derecho al libre pensamiento y su libre expresión.
 
Expuesto como pocos hombres en la historia a la presión y represión por sus escritos, Lutero se mantuvo incólume e inamovible, aún cuando por sus ideas su vida corriera peligro al enfrentar a la poderosa iglesia católica de su tiempo. Su argumento principal fue que no podía ir contra su conciencia porque sería como traicionarse así mismo.
 
En estos días cuando en el mundo se celebran los 500 años del inicio de la Reforma luterana al rememorar que precisamente que un 31 de octubre, pero de 1517 Martín Lutero pegó en la abadía de Wittenberg sus famosas 95 tesis en las que merced a un examen libre de las Escrituras censuró prácticas alejadas de la Biblia.
 
Por esas 95 tesis, así como por escritos como “El cautiverio Babilónico”, “Un sermón sobre la indulgencia y la gracia”, “La libertad cristiana” y “Carta abierta a la nobleza cristiana de Alemania” en 1521 Martín Lutero fue llamado a comparecer ante la Dieta de Worm, encabezada por su emperador Carlos V, monarca del Sacro Imperio Germano.
 
Además del rey estuvieron también presentes seis electores, veintiocho duques, once marqueses, treinta obispos, doscientos príncipes y unas cinco mil personas no para ser juzgado como él lo creía cuando supo de la convocatoria, sino para recibir la orden tajante de retractarse de todo lo que había escrito.
 
Frente a todos sus escritos apilados en una mesa, a Martín Lutero solo se le hicieron dos preguntas que tenía que contestar con un sí o un no. Si esos libros eran de su autoría y si se retractaba todo lo allí escrito. Sin posibilidad de debatir absolutamente nada en defensa suya. La primera pregunta la contestó de inmediato, pero para la segunda pidió un día para pensar su respuesta.
Al día siguiente dijo:
 
“Puesto que su Majestad imperial y sus altezas piden de mí una respuesta sencilla, clara y precisa, voy a darla tal que no tenga ni dientes ni cuernos, de este modo: El Papa y los Concilios han caído muchas veces en el error y en muchas contradicciones consigo mismos. Por lo tanto, si no me convencen con testimonios sacados de la Sagrada Escritura, o con razones evidentes y claras, de manera que quedase convencido y mi conciencia sujeta a esta Palabra de Dios, yo no quiero ni puedo retractar nada, por no ser bueno ni digno de un cristiano obrar contra lo que dicta su conciencia. Heme aquí; no puedo hacer otra cosa; que Dios me ayude. Amén.”
 
La gran aportación de este personaje reside en defender como un paladín adelantado de sus tiempos lo que hoy conocemos con la libertad de conciencia que posteriormente se convirtió en el derecho fundamental básico de los sistemas democráticos ya que los otros derechos fundamentales de la persona se sustentan en él.
 
Aún cuando en la constitución mexicana la libertad de conciencia no está enunciada, sus principios se pueden notar tanto en el artículo sexto que garantiza ahora como derecho humano la libertad de expresión y el artículo veinticuatro que protege la libertad de culto.